Es tan pulcra y correcta esta versión seriada de “La casa de los espíritus”, estrenada por Prime Video, que cuesta entrarle en la crítica. Todo está cuidadísimo: la “bendición” impartida al proyecto por Isabel Allende, cada línea del guión, la elección del elenco, la luminosa paleta de colores, el espacio para la denuncia política, los topetazos de realismo mágico. Hasta la voz de Mon Laferte acompañando los títulos. Es, ni más ni menos, un largo etcétera a prueba de cuestionamientos. Y aún así, en ese afán perfeccionista tan propio de las producciones latinoamericanas for export hay algo que no termina de encajar. Será que a esta casa de los espíritus le está faltando una voz propia, un carácter que la despegue del moderno clásico literario. Habiendo tanta magia en el medio pudo haber volado con mucha mayor libertad. La serie se atornilló al libreto, lo que no está mal, pero a sabiendas de que es un corset imposible de desatar.
Los lectores de Allende que tanto habían despotricado contra aquella película de 1993 -con Meryl Streep como Clara y Jeremy Irons en la piel de Esteban Trueba- no tienen de qué quejarse ante esta superproducción chilena, que de todos modos no se privó de un cast internacional. De hecho, a Clara la interpretan -alternativamente- la mexicana Nicole Wallace y Dolores Fonzi, y otro mexicano, Alfonso Herrera, encarna a Trueba.
No es sencillo diseccionar “La casa de los espíritus”, una potente saga intergeneracional cruzada por la violencia familiar y política, y por los vaivenes sociales de aquel Chile conservador y patriarcal que desembocaría en la dictadura de Augusto Pinochet. Embarcada en esa tarea la serie es impecable, al igual que en el tratamiento de sus mujeres, ejes y sostenes del relato. Los grandes espíritus de esta historia.